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martes, 5 de octubre de 2010

"Intercambio De Lugares"


Érase una vez en una aldea escondida entre las montañas. He ahí un joven que su corazón estaba en mala condición. Le encantaba pescar en el río que rodeaba la aldea. Una tarde aquél joven decidió hacer una red para poder capturar más peces para su familia.


Cuando lanzó la red en el río le jaló para sacarla y vio que había capturado muchísimos peces. Saliendo del río de repente oyó una voz de la red: «¡Auxilio! ¡Auxilio!» Reposó la red en la barca y sacó a los peces. Buscando entre los peces vio a un pescado que era diferente de los demás. Brillaba con colores múltiples como los colores de un arco iris.


Extendiendo la mano para palpar a aquél pez hermoso. Aleteando habló el pez: «¿Quién eres tú y qué haces en mis corrientes?» Dijo el joven: «Vengo a pescar para rendirle comida para mi familia.» El pez asustado le rogó al joven que no se lo llevara. Mas aquél joven no se compadecía de él, insistía en que le iba a llevar. Aquél pez deseaba vivir en paz como los demás peces.

«Dame una buena razón por qué no te debería llevar.» preguntó el joven. «Porque si tú me llevas no podré cumplir tu deseo.»«¿A qué te refieres?» preguntó el joven. El pez le dijo que escudriñaba los deseos de uno mismo con tan sólo ver los ojos. El pez le dijo que él veía que el joven deseaba ser sanado de su mala condición.


Maravillado estaba el joven y le dijo que era cierto. Entonces el joven hizo un pacto con el pez. Le dijo que no se lo llevaría si le cumpliese su deseo. Y le bajó al río y huyó el pez al momento que tocó agua. Y lloró el joven amargadamente porque el pez no había cumplido su parte. Pasaron los días y el joven intentó buscar a aquél pez mas no le halló y se iba triste y agotado por el esfuerzo. Pero lo que no sabía el joven era que aquél pez le observaba cada vez que venía.


Cada mañana el joven hacía el almuerzo para su familia, barría la casa, ayudaba en el aseo del hogar. Mas su padre le decía que no, porque podría afectarle. Pero el joven no hacía caso. Esto de vez en cuando pasaba, solía suceder por las noches. Y todo esto, aquél pez observaba por la ventana. Y una pregunta que se hacía el pez, era: «¿Y la madre? ¿Dónde podría estar ella?» Nada más veía que el joven subía por los escalones frecuentemente.


Una noche llegó el joven al río con llantos como si el mundo se le hubiese caído por encima de él y cayó a sus rodillas llorando. Comenzó a lloviznar suavemente sobre el joven. Volvió a aparecerse el pez y le preguntó por qué lloraba. Le respondió que su madre también estaba bien enferma del corazón, no sabía cuanto le quedaba de vida. Confundido el pez, le preguntó que por qué no había visto eso en el corazón del joven. Concluyó el pez que tal vez era egocéntrico el joven por no haber querido a su madre sanada. Y el joven dijo nada, sólo lloraba más.


Por fin respondió el joven que no era cierto. «¿Entonces por qué no pensabas en tu madre?» le preguntó. «Sí pensé en ella, pensaba en su deseo, en que yo me alivie. Para no pasar por lo mismo que ella.» respondió. «Nada la haría más feliz que verme sanado.»

El corazón del pez fue conmovido y se disculpó del joven. Vio en el corazón del joven y le borró la enfermedad. El joven lloró de alegría y le agradeció al pez. Regresó el joven a su madre para decirle que estaba curado. Luego el joven le dio un beso en la frente y dijo la madre: «Sé que estás curado, el calor de tu cuerpo lo dice.» y suspiró el último aliento y falleció.


En la mañana volvió el joven al río para visitar el pez, le llamaba pero no se aparecía por ningún lado y notó que la corriente del río ya no era como antes. Hacía esto cada día pero ni aun así aparecía el pez y jamás lo volvió a ver.


Lo que no sabía el joven es que el pez había tomado el lugar de él.


Escrito por: Ramiro Zamora Gasca Jr.


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