Por las tardes salía una niña llamada Florecita a jugar con su bufanda. Ella brincaba por el prado y se paraba a olfatear las rosas. La parte favorita de Florecita era cuando soplaba fuerte el viento, porque ahí era cuando ella corría con la bufanda agarrándola con su mano como si fuese un papalote.
Una tarde cuando Florecita estaba jugando con su bufanda se tropezó con una piedra, lastimándose el pie y el viento llevándose la bufanda. Florecita iba detrás de ella, mas se alejaba más. Por fin, la bufanda ya no se veía por lo lejos que estaba. Florecita se dirigía a la casa descorazonada y mientras ella caminaba a la casa, le preguntó una voz: «¿Adónde te diriges? ¿No quieres seguir jugando?» Florecita le respondió a la voz: «No puedo porque no tengo mi bufanda.» Ella preguntó de dónde venía tal voz. Y la voz dijo: «Vengo de los confines de la tierra. Me extiendo desde el oeste al este.» Mientras hablaba la voz, Florecita examinaba la naturaleza. Veía que los árboles se mesaban y las flores del prado se inclinaban cada vez que hablaba aquélla voz. «¿Eres el árbol?» preguntó Florecita. «No,» «¿Eres las flores en el campo?» «Tampoco,» «¿Eres el viento?» «Sí, lo soy.»
«¿De dónde vienes viento?» le preguntó Florecita. «Vengo de las cuatro esquinas de la tierra. Nadie me puede ver, mas siempre estoy ahí. Le doy vida a la creación y la creación proclama que existo.» Florecita no comprendía totalmente como funcionaba el viento, mas sí se asombraba de lo que ella oía. Dijo al viento que su bufanda se había perdido y que jamás podría divertirse.
Mas el viento le dijo que no se preocupara, porque ahorita sólo era cosa sin importancia. «Súbete al columpio que cuelga del árbol,» «Pero tengo mi pie lastimado y además no sé como columpiarme.» «Tampoco te preocupes, yo lo haré por ti.» Se subió e hizo eso el viento, volvió a sonreír Florecita. Así fue como Florecita pasaba sus días alegremente con el viento.
Los años se avanzaron y Florecita llegó a ser una joven. Ella fue distraída con otras cosas de la vida. Ya no se columpiaba, sino salía con amistades equivocadas. Al fin, ella acababa con golpes de su novio. Pero aún así, Florecita continuaba con la vida. Y pasaron más los años y se casó. Fea se convirtió la vida para ella, era lastimada, menospreciada por aquél hombre. Florecita no encontraba como salir de su dolor.
Se iban los años y murió el marido cruel, dejando a Florecita ya anciana y sola, bueno, eso pensaba ella. Dentro de esos años, Florecita terminó con un pie irrecuperable por los daños que el marido le hizo. Se arrimó a la ventana y vio como aún siendo otoño era el día bonito y se dio cuenta que se columpiaba el columpio viejo. Se sentó en el columpio y comenzó a columpiarse lentamente y vino aquélla voz: «Ha sido mucho tiempo Florecita.» «Sí.» ella respondió. Florecita se desahogó, contándole que cómo le había tratado la vida y que estaba arrepentida por haber olvidado al viento. Luego dijo el viento: «Pero yo no. Siempre he estado contigo.»
Ambos se llevaron todo el día platicando acerca de como el invierno se acercaba. En eso Florecita dijo temblando: «Está comenzando a hacer frío.» Vino un viento leve por detrás de ella y reposó algo suave y cálido en sus hombros. Se fijó y notó que era su bufanda que había perdido hace muchos años.
Y dijo el viento: «¡Ah! y siempre cuido de ti.»
Escrito por: Ramiro Zamora Gasca Jr.
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