Érase una vez un palacio donde no había tanto sol e igualdad por la falta de la amabilidad. Y los reyes no sabían qué hacer con tanta gente cuyos corazones no tenían cariño. La gente peleaba por cualquier cosa, se robaban entre sí, los separaba la envidia, amistades eran derrumbadas por causa del rencor. Entonces Dios les escondió el sol para que se les congelase más sus corazones.
Una mañana, la princesa decidió salir a su balcón y miraba cómo el desprecio les dominaba la vida. Esto hizo bien triste a la princesa, quien siempre estaba vestida con una estola y sobre ella una palla que era el color del cielo. Se sentó la princesa y tomó su arpa y comenzó a tocarlo y a canturrear suavemente con su hermosa voz. Al oír el arpa y su voz, se derretía la animosidad de los corazones de la gente. Sonreía la gente, ya no era amargada, sino la gente fue llenada de amor, tranquilidad y gozo. Hasta las flores que colgaban del balcón comenzaban a brotar porque Dios había abierto los cielos para que hubiese luz nuevamente.
La paz nada más duraba unos días y volvía la gente a su estado agrio. Agrio como las uvas inmaduras, sin sabor, sin dulzura. La princesa oía como su gente se rivalizaba entre los unos y los otros. Dios nuevamente cubrió el cielo de nubes negras, mas no llovía. De nuevo salió la princesa bella para tocar su arpa y a canturrear para la gente. Cantaba palabras de la ternura que retenía el compañerismo y la amistad. Nuevamente la gente se conmovía a no ser adversaria con los unos y los otros.
Llegó un día en donde la princesa se enfermó gravemente, que ni podía tocar su arpa ni a canturrear para su gente. Mientras a ella se le agotaba la vida, el pueblo seguía en sus disgustos y desconsuelo. Tristemente, el corazón de la princesa dejó de palpitar y su espíritu partió del mundo. Salió el rey al balcón y con lágrimas exclamó: «¿¡Después de todo lo que mi hija os ha compartido y enseñado, aún os comportáis de ésta manera!?» Se fijó el pueblo en el semblante luctuoso del rey, en seguida él les anunció que su única hija había fallecido. Cayó un quebrantamiento sobre el pueblo por la bella princesa y su hermoso canturrear.
Marcharon los días y lo único que quedó de su parte era el arpa que reposaba en el balcón en donde ella lo tocaba. Todos fijaron la vista al balcón y recordaron aquélla princesa y aunque ella no estaba presente, he ahí, resonaba el arpa y su voz en el corazón de la gente.La gente meditaba en las palabras que decía la canción que ella cantaba, comenzaron a ver que las palabras tenía valor y una enseñanza. Poco a poco la gente modificaba su forma de ser.¡Ya no se peleaban entre sí! Vino la igualdad, la comprensión, el amor, la amistad a sus corazones.
Seguía viva la princesa en sus corazones, moraba aquella quietud en sus espíritus. El palacio jamás volvió a ser igual como antes. Dios abrió los cielos y vino la calidez a sus cuerpos, mentes, corazones y almas.
Las flores que colgaban del balcón brotaban como nunca antes.
-Escrito por: Ramiro Zamora Gasca Jr.
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